7 de febrero de 2011

Esa panda de gays [YAOI] ~Dudas y amor.~

~Habitación de Tsubasa~


    Llevaba todo el día dándole vueltas al asunto pero no conseguía quitárselo de la cabeza. Notaba algo raro en su pecho, sentía el corazón aprisionado. Era tan sólo una mirada y su corazón latía desbocado. Y lo más parecido a un infarto que había sentido en su vida, era solo una caricia furtiva. Se ponía colorado, le costaba respirar y comenzaba a tartamudear en cuanto le dirigía la palabra. Ella... con ese carácter, esas manos refinadas, esa sonrisa inocente. Muchas veces más parecida a un gato que a una araña, que así era como se la solía describir.Alois, Alois, Alois, Alois. Era lo único que tenía en mente. Sus ojos oscuros; sus labios finos; las manos; delicadas y pintadas de negro; su cabello castaño oscuro, casi azabache, largo y sedoso.
   Sacudió la cabeza intentando, así, despejarla de su mente. Pero era la típica situación de intentar evitar pensar en algo, pero estar dándole vueltas todo el rato: inevitable. Y, una vez más, sus pensamientos fueron dirigidos hacia ella, Alois. Entraba en su mente de la misma forma que una araña extiende sus hilos: lenta, pero inexorablemente, haciendo su obra más perfecta y simétrica. Típica belleza salvaje. Y su telaraña ya estaba perfectamente acabada, cuál obra de arte conseguida de considerables dimensiones. Su red ocupaba la total inmensidad de su mente dirigiéndose así a lo más profundo de su corazón, donde ya se notaba el efecto de ese extraño sentimiento denominado amor.
   Y como le ocurre a todas las víctimas de estas redes sentimentales, tenía en ese momento un ataque de dudas y miedos, cuándo antes siempre había sido una persona decidida y firme: "¿Se habrá dado cuenta?""¿Estará enamorada de alguien?""¿Cómo puedo conseguir que se fije en mí?" Dudas de lo más comunes entre personajes de su edad. Y queriendo demostrar la tristeza de sus pensamientos, una mueca de tristeza se dibujó en sus labios mientras que en sus ojos, aparecía la sombra del temor. Decidió darse una ducha. Definitivamente, agua fría, casi helada era lo mejor para pensar con objetividad.
   Ya en el cuarto de baño, comenzó a desvestirse a la par que su mente iba de aquí, para allá, pero sin separarse del tema principal: Alois. Rememoró como iba hoy vestida la muchacha; de su cara de fastidio al molestarla quitándole sus objetos personales, del mohín que había puesto. No pudo evitarlo y una pequeña carcajada salió de su garganta, acabando en una sonrisa de ojos tiernos. Se metió en la ducha. Era tan mona..., pensó mirando su mano derecha, aquella que había sido rozada por la de su amada. Aún sentía el tacto de su piel en un leve cosquilleo. Dejó correr el agua, y armándose de valor se metió bajo el chorro de hielo que salía de la alcachofa. Sintió el agua fría descendiendo desde sus cabellos empapados hasta su cuello, produciéndole un pequeño estremecimiento, bajando hasta su espalda. "Alois..." pensó, soltando un suspiro. Al final, iba a resultar que la ducha helada era inservible en situaciones así. No conseguía olvidarla, sólo se acordaba más y más de ella. Cuando le cogía el brazo para pedirle algo a ÉL. De su cara de disgusto por su reciente comportamiento. De la sonrisa más bonita que había visto jamás y de lo feliz que se sentía al ser él quién la provocase.
   Sus ojos, brillantes en ese momento, demostraban todos sus sentimientos hacia su persona. Y, volviendo a intentarlo, sacudió la cabeza con intención de quitarla de su mente. Pero con tan mala suerte que resvaló y a duras penas pudo caer bien, acabando tumbado en la bañera, boca bajo. Se dio la vuelta y se quedó así, tendido bajo el agua helada, durante unas largos y eternos minutos. Con la mirada fija en el techo, pero sin ver nada. Cerró los ojos y respiró hondo, como si fuese la última vez que fuese a coger aire en su vida. Era inútil. Hoy no se sentía con ganas de luchar contra su mente. Cerró el grifo, se puso su albornoz y se dirigió a su habitación.
   Sin importarle acabar resfriado con el pelo aún empapado, se puso sus pantalones de baloncesto y la camisa que usaba a modo de pijama, se tumbó en la cama. Cabeza mirando al techo, apoyada en la almohada y brazos extendidos hacia sus lados. No pudo evitar recordar el primer momento en el que hablaron...
   Fue en el primer día de clase, empezando la ESO. Los habían sentado juntos. Todo pura casualidad. La veía muy nerviosa y tampoco hablaba con nadie. ¿Será que no conocía a NADIE? Armándose de valor, empezó a romper el hielo preguntándole por su nombre. Ella, sorprendida, se lo dijo bajo. Tan bajo, que tuvo que volver a preguntárselo. Ella sonrojada y nerviosa hasta tal punto de apretarse las manos, volvió a repetírselo.
   Una monada. Así la recordaba él. Con el reciente recuerdo en su mente, volvió a sonreír en la oscuridad de su habitación. Girando sobre su cama, cambió de postura a una destinada a ser más confidencial con su almohada. Con las rodillas dobladas, los brazos rodeándo a la almohada, y su cabeza apoyada en el colchón, cerró los ojos. Y, sin darse cuenta, está vez cayó a las redes del sueño.
   Cuándo su madre vino a buscarle para avisarle de que fuese a cenar, se lo encontró en la misma postura descrita anteriormente. Cerró la puerta de su habitación, y antes de que esa infranqueable barrera entre habitaciones se cerrase del todo, un brillo surgió con el último reflejo de luz que se atrevía a profanar ese territorio. Y ese brillo, no era ni más ni menos que una lágrima. Solitaria y fugitiva. Era la prueba que se había escapado de su corazón, recorriéndole la mejilla, demostrando así sus dudas y temores y a la vez todo el amor que sentía hacia esa persona. Esa lágrima, enemiga y confidente a la vez. Única prueba de sus sentimientos.

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