11 de abril de 2012

En un segundo.

Imagina que has quedado con tu pareja. No le pongas nombre, ni género, ni edad. Has estado de vacaciones y quieres volver a verle. Coges el metro, el bus o el tren. El que mejor te venga. Ponle un viaje de unos 30 minutos a lo sumo. Vas escuchando música, y al llegar a tu parada se pone justo tu canción favorita. Normalmente la dejarías sonar hasta terminar, pero hoy te da igual. Hoy la pones para que sea la primera en reproducirse en tu camino de vuelta a casa. Te quitas los cascos y los enrollas concienzudamente para que no se líen, aunque sabes que será inútil. La cuestión es que ya has llegado a tu parada y buscas a tu enamorado. Lo ves y prácticamente sales corriendo hacía él. Tu sonrisa favorita está dibujada en su cara. Llegas donde está y le das un beso, un abrazo y todo lo que quieras darle.

Camináis cogidos de la mano hacia un parque cercano. El día está completamente soleado, un día normal de primavera o verano. Buscáis un sitio con sombra y os sentáis ahí. Pasa el tiempo mientras habláis de temas triviales a la vez que os ponéis al día de las cosas que no dan tiempo a contar por teléfono. Estáis constantemente en contacto físico, cogidos de la mano, tal vez con las piernas o los dedos enlazados, los hombros juntos… Te das cuenta de que no sonríe mucho y te preguntas qué le pasa. “Si considera que necesito saberlo me lo contará, a lo mejor no tiene nada que ver conmigo.” piensas para ti. Pero al final se lo preguntas. Él apoya su cabeza en tu hombro mientras mira al frente sin ver nada.

Entonces empieza a hablar de vosotros. De que tal vez fue demasiado rápido, que no pasasteis por la fase de amigos, que se dijo “te quiero” muy pronto. Temes lo que sigue pero sabes perfectamente lo que es. Quieres que se calle, que no siga hablando. Dice que no quiere hacerte daño, que eres la persona que más quiere en el mundo. Tú piensas “Si es así ¿por qué me estás haciendo esto? ¿No crees que esto me haga daño? ¿Por qué me dejas?”.
Sin embargo, no te dice eso. Te pide un tiempo y tú como persona y humano no dudas en aceptarlo. Podrías enfadarte y romper tú la relación pero sabes que al menos, en el concepto de “pedir un tiempo”, cabe la posibilidad de que vuelva a tu lado. Así que no te queda más que aceptarlo, con las lágrimas recorriendo tus mejillas, corriéndose el maquillaje. El cual te habías puesto especialmente para él, justo como te ha dicho siempre que estás preciosa. Te sientes como si fueses un niño chico llorando. Mientras, él sigue hablando. Te dice que no está rompiendo, que durante este período de tiempo seguís siendo amigos, que no durará mucho. Y te promete que volverá. “¿Entonces, si va a volver por qué se va?” es en lo que piensas. Sabes que es una estupidez lo que está haciendo.
Por el momento te toca tomar el control de tus emociones, ya llorarás más tarde. Te giras hacia él y le sonríes, pero sonreír te duele en el pecho. Lo último que te apetece es separarte de él, pero tampoco aguantas el contacto físico. Sueltas su mano, puede que te alejes un par de centímetros de él y hasta le das la espalda. Decides que es hora de irte, pero no quieres. Estáis los dos callados. Uno al lado del otro. Deseando tocaros, hablar… lo que sea menos esa tensión. En un segundo los minutos corren en silencio.

Al final, él mismo te acompaña a tu parada y te despide en la puerta del transporte. Sabes que es él el que te ha echado de su lado. Justo antes de subirte te susurra al oído que te echará de menos este tiempo. Eso es lo que te rompe. No le miras, no te despides. Subes y te vas. Tampoco miras por la ventana mientras él espera que lo hagas con una última mirada. Pero tú estás concentrada en desenrollar los cables de los auriculares. Sabías que era un esfuerzo inútil enrollarlos.

No quieres ir a casa así que te vas a Sol, al centro de la ciudad, siempre abarrotado de gente. Tus sentimientos no destacarán en un lugar tan atestado. Subes la calle hasta la Plaza de Callao con su luminosa pantalla de cine. Ahí giras hacia la izquierda y bajas Gran Vía. Nunca se te había hecho tan larga esa cuesta abajo. Caminas sin notar a la gente, te chocas con un par de personas y pides disculpas. Llegas a Plaza de España y todo lo que ves son parejas. Homosexuales, heterosexuales, grupos de parejas, amigos juntos… No es el mejor lugar para estar pero te sientes un poco sadomasoquista y buscas un banco apartado para observarlos a todos.  El que has encontrado está cruzando toda la plaza. Te dolerá un poco, pero vas. Sin mirar a la gente, mirando al suelo y la cabeza gacha. Tú pelo suelto cubre tu cara y con ello tus ojos lagrimosos. Paso a paso, llegas al banco y te sientas. Miras en derredor tuyo, observándolos a todos. Te preguntas si para ellos es difícil la relación, si dudan de ellos mismos como dudas tú de ti misma ahora. Tal vez hayan pasado ya por esto. Tal vez nunca pasen por esto. Recorres la plaza con tus ojos deteniéndote concienzudamente en las parejas. Ves como se sonríen entre ellos, con besos largos. Cómo ellos se agarran de la cintura o de las manos al caminar. Cómo pasan delante de ti sin preocuparse por los demás. Piensas que ya es suficiente. Coges tu reproductor de música dispuesta a elegir qué canción escuchar, pero aunque llevabas los auriculares puestos, éste estaba apagado. Al encenderlo suena tu canción favorita y entonces, mientras la escuchas, es cuando rompes a llorar.