9 de febrero de 2013

¿Quieres unos dulces?

2.

   Tao abrió la puerta de su apartamento para descubrir a Minseok recorriendo el sitio.

   -¿Hyung? –reclamó su atención. -¿Qué haces, hyung?

   Minseok se sobresaltó al escuchar a su compañero tan de repente.

   -¡Tao! –se acercó a él, medio corriendo. –Escucha Tao, voy a salir a buscar a Jongdae a su casa y no puedes comerte los dulces que hay en la co…

   -¡Has comprado pastelitos! ¿Y no puedo comerlos? –le cortó el moreno haciendo pucheros.- ¿Por qué? Sabes que me encantan los dulces…

   Minseok dejó escapar un suspiro de sus labios y se quedó observando a su compañero, que mostraba una mirada triste y acusadora hacia su persona.

   -Está bien. Puedes coger unos pocos… Pero no demasiados. –contestó, viendo cómo cambiaba la expresión de su amigo. –Ahora vuelvo, ¿vale?

   -¡Gracias! –fue lo último que escuchó al salir por la puerta, con la chaqueta en la mano.



   Recorrió las calles de Seúl a un paso constante para no llegar ni tarde ni demasiado pronto. Ya había avisado a Jongdae diciendo que saldría en cuanto volviera Tao y que ya no podría tardar mucho. Llegó al bloque de apartamentos y se quedó unos minutos esperando antes de subir las escaleras, a su destino.

   Cuando alcanzó la puerta del apartamento de Jongdae, se detuvo otro pequeño intervalo de tiempo tras haber comprobado que aún era demasiado pronto.

   Al final se decidió a llamar a la puerta, pero ésta se abrió de repente, dejando paso a una persona que conocía muy bien.

   -¡Ah! ¡Minseok! –exclamó, sorprendido, Jongdae. – ¡Me has asustado! Iba a esperarte abajo, para que no tuvieras que subir… Pero ya veo que no he sido lo suficientemente rápido.

   -¡ChenChen! –se oyó gritar por el pasillo del apartamento una voz grave, profunda. -¡Chen! Olvidas el móvil y las llaves con las prisas… -reclamó un chico alto y rubio, apareciendo detrás de éste.

   -Hola, Kris. –sonrió Minseok al verle.

   Kris le miró detenidamente durante un segundo que a Minseok se hizo eterno, y después dejó que una sonrisa traviesa se dibujara en su rostro.

   -Ahora comprendo a qué venían tantas prisas… -revolvió el pelo a su compañero antes de dirigirse al otro. –Que no vuelva muy tarde. Últimamente no descansa nada con tantos ensayos y esfuerzo…

   Esa preocupación provocó una sonrisa en su amigo y un sonrojo por parte de su compañero de piso.

   -Claro. –respondió el mayor, posando suavemente su mano sobre el hombro de Jongdae. –No volverá más tarde de las 10, lo prometo.

   Salieron del bloque, Minseok aún con su mano sobre el hombro del otro, y se dirigieron hacia su casa a un paso lento, tranquilo.

   Cuando llegaron cerca del bloque vieron a un moreno, alto, caminar hacia su dirección.

   -¿Tao? –Inquirió Jongdae.- ¿Adónde va?

    -No lo sé… Tal vez haya quedado con Kris, como les hemos dejado la casa para ellos solos… -respondió con una mirada significativa a su amigo. Sin embargo, éste le pegó un suave puñetazo que le obligó a añadir: -Bueno, tal vez no. Ya sabes. Jugarán a videojuegos.

   -Ya vale, Minseok. Mientras dejen mi habitación en paz a mí me da igual a quién lleve Kris al apartamento.

   Subieron en el ascensor en un cómodo y tranquilo silencio. Cuando alcanzaron su piso, Jongdae se dejó dirigir por Minseok a su puerta. Entraron en el pequeño apartamento y ambos se detuvieron a quitarse los zapatos.

   -Dame tu abrigo ChenChen, puedes ir acomodándote en el salón, ahora llevo yo los dulces… -ofreció amablemente a su huésped.

   Sin embargo en vez de dirigirse al salón, Jongdae se encaminó cogiendo los abrigos a su cuarto.
   -Yo me llevo los abrigos y tú coges la comida. –le respondió con una leve sonrisa.

   Recorrió el pasillo hasta llegar a la puerta correspondiente. Al entrar cerró tras de sí, con el corazón bombardeando sus oídos.

   Desde que había visto salir a Tao del lugar, maldijo mil y una veces a su propio compañero de piso. Seguro que lo había hecho a propósito, conocedor de sus sentimientos hacia su amigo. Casi podía ver la sonrisa de triunfo de Kris, susurrando “Lo hago para ayudarte.”.

   En ese momento se arrepentía profundamente de haberle contado su secreto y confesar los sentimientos que emergían en su pecho y se deslizaban hasta sus labios, curvándolos en una sonrisa, cada vez que veía a Minseok sonreír.

   -Tranquilízate, Kim Jongdae. –se dijo a sí mismo. –Sólo son unos dulces y una película. No va a pasar nada más hoy… Ni nunca… -su rostro se ensombreció con esas palabras.

   Kim Minseok ha sido su amigo desde que llegó a la capital. Se conocieron cuando, al entrar apresuradamente por llegar tarde, se chocó con él. En vez de echarle la bronca o quejarse, le sujetó para que no cayera.

   Su sonrisa amable provocó el primer vuelco de corazón de su vida. Rápidamente se hicieron buenos amigos. Y sólo eso, amigos.

   Nunca podría confesarle las numerosas veces que había ido a clases aunque estuviera enfermo sólo para verlo, no podría expresar la calidez que le embargaba cuando pasaba el brazo sobre su hombro.

   Suspiró y se deslizó por la puerta, hasta sentarse en el suelo. Tras unos segundos de silencio y reflexión, escuchó cómo le llamaban.

   -¿Chen? ¿Estás bien? –reclamó Minseok, acercándose a la habitación.

   El aludido se levantó y apresuradamente salió de la habitación para encontrarse con él.

   -Vamos, vamos… Sólo buscaba el móvil pero creo que se lo ha quedado Kris al final… -le apresuró mientras se dirigía al salón.

   -No importa. –respondió, siguiendo a su amigo. –No tengo ninguna película que no hayamos visto ya… ¿Qué hacemos?

   -Entonces… -se sentó (o más bien se dejó caer) en el sofá. –Hagamos zapping, ¿te parece bien? –dedicó a Minseok una sonrisa.

    Minseok acercó los dulces y las bebidas a la pequeña mesa que descansaba delante del sofá, para después acomodarse al lado de su amigo y pasar el brazo, extendido, por encima de él, acercándole a sí mismo.

   Jongdae se puso rígido y se separó un poco. Últimamente se tocaban demasiado, más de lo habitual, y le ponía sumamente nervioso. No se creía capaz de controlar el latido de su corazón ni su expresión… La mezcla de colonia, champú y sudor eran más perceptibles cuanto más se acercaba.

   Minseok contuvo un suspiro. No entendía qué le pasaba a su amigo, tan nervioso de repente. Sólo quería reconfortarlo por su pérdida. Se sentó más formalmente y se hizo con el mando en su poder, dispuesto a dejar que Jongdae se tomara su tiempo.



   La tarde avanzó lentamente entre comentarios, risas por los programas y charlas sin tema particular.
   Ahora Jongdae estaba recostado sobre el brazo del sofá, con los párpados cayéndose por el cansancio acumulado. Al verlo así, Minseok bajó el volumen del televisor y lo cubrió con una fina manta hasta la cintura, intentando no perturbar su duerme-vela.

   Tras cuidar a su amigo, se dispuso a recoger los platos y vasos, intentando no hacer ruido. En uno de los viajes de la cocina al salón, se encontró a Jongdae sentado al borde del sofá, frotándose los ojos suavemente y con un poco de manta atrapada firmemente en una de sus manos.

   -ChenChen… -canturreó suavemente hasta situarse delante suya, arrodillado. –ChenChen, ¿estás muy cansado? ¿Quieres quedarte a dormir aquí en vez de volver? –inquirió, acariciándole una mano suavemente.

   -Mmmff… -se dejó caer en sus brazos. -¿Puedo… quedarme aquí esta noche? –le respondió, dejando que el otro pasara los brazos a su alrededor. –No me apetece nada de nada moverme…

   Minseok asintió mientras acariciaba suavemente su cabello y su nuca, provocándole un escalofrío.

   -MinMin… -susurró Jongdae, medio dormido, incorporándose hasta quedar al mismo nivel.

   Acercó su rostro lentamente hasta el de su amigo y la punta de su nariz rozó suavemente la otra. 
Respiraban el aire del mismo espacio y Minseok podía percibir el aroma de los dulces mezclado en el aliento del otro, dejando que su cuerpo se inundase de él.

   -ChenChen… -suspiró, inclinando su cabeza, acercándose un poco más. –Chen… Es hora de ir a dormir.

   Comenzó a acariciar el rostro de su amigo, luchando por no recorrer el camino desde la mandíbula hasta sus labios entreabiertos. No podía dejarse llevar por el dulce e insano deseo que sentía hacia ellos.

   Empezó a separarse de su amigo, decidido a proteger esa relación de amistad.

   Sin embargo, para Chen esa cercanía todavía era insuficiente. Quería que sus labios también se rozaran. Deseaba sentir la calidez y la textura de su piel.

   “No…”, pensó cuando Minseok dejó de acariciarle.

   “No te alejes…”, cuando comenzó a separar sus rostros.

   “Te necesito…”, antes de abalanzarse suavemente sobre él y cumplir su deseo.

3 de febrero de 2013

¿Quieres unos dulces?


¡Hola~! Aquí está la redacción de esta semana. La frase con la que tocaba escribir está en cursiva. Espero que os guste y comentad mucho :3


1.

   Apenas se abrieron las puertas de la empresa se vio entrar a un chico alto. Corría todo lo que se podía en una empresa siempre atestada, intentando no chocarse con sus superiores. Se detuvo frente al abarrotado ascensor y, tras unos segundos de cavilación, decidió subir por las escaleras.

   Cuando llegó al aula de canto descubrió que el profesor aún no había llegado. Suspiró de relajación. De repente sintió el peso de una mano caer sobre su hombro y dio un respingo.

   -¡Minseok-hyung!–exclamó al ver al poseedor de esa mano. Era un chico de su misma altura, con una cara tan redonda que parecía un pastelito de carne chino. –Me has asustado…

   -Otra vez llegas tarde, Jongdae…–fue lo único que recibió como respuesta. –Hoy estás de suerte; tenemos la primera hora libre por asuntos personales del profesor.

   ¿Tiempo libre? Perfecto, era justo lo que necesitaba para poder recuperar el aliento tras semejante carrera. Dejó su mochila en una esquina de la sala, ya medio vacía, y se percató que aún agarraba un sobre en su mano. Era una carta de sus padres. La había cogido antes de salir de casa para leerla cuando tuviera tiempo. Se sentó junto a sus pertenencias y comenzó con la labor.
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(Minseok)

   Estaba absorto observando cómo le cambiaba la cara a su mejor amigo (y pequeño amor platónico), según iba leyendo lo que parecía una carta. Al principio la leía con la curiosidad que provoca el tener correo. Según iba avanzando en su lectura, la sonrisa en sus labios se hacía más amplia, llegando a escaparse algunas pequeñas risas por lo que le relataban. Pero estas desaparecieron cuando llegó al final de la hoja.

   Los ojos de su querido amigo se volvieron brillantes debido al reflejo que provocaba la humedad en ellos. Lo observó levantarse y salir precipitadamente de la habitación, dejando el papel ahí.

   Preocupado por lo que había leído, Minseok se levantó y cogió la hoja de papel entre sus manos. Era una carta y parecía de sus padres. Los había visto alguna vez en fotos que Jongdae le había enseñado. Normalmente las recibía en cartas como aquella, todas semanales.
   Se preguntó si lo leerla sin permiso molestaría a su compañero, pero la preocupación borró todo rastro de duda y comenzó con la lectura.

   Casi todo eran noticias y hechos divertidos que le habían acontecido a su familia esa semana. Podía imaginarse a los padres riendo al escribir esos hechos.
   Alcanzó al punto que había dejado tan consternado a su amigo:
   “Postdata: Tu gato ha muerto…”.

   Abrió los ojos de forma desmesurada. Jongdae adoraba a su gato, prácticamente estaba enamorado de ese animal. Se lo había encontrado cuando volvía del funeral de su abuela cuando tenía quince años. Como si ella lo hubiera mandado a que le cuidase. Desde entonces habían estado siempre juntos. Hasta que tuvo que mudarse a la capital para cumplir con su sueño de ser cantante.
   Si alguna vez ibas a la habitación de Jongdae, te encontrarías con muchas, muchísimas fotos. Había fotos de él, de su familia o sólo del gato por todos lados. Era un gato callejero realmente precioso. Su pelaje era negro como el carbón, a excepción de las patas, que tenían calcetines blancos. Sus ojos eran azul límpido, más bonito que el del cielo en un día despejado.

   Salió del aula en busca de su compañero, preguntándose dónde comenzar. Tras pensarlo un rato, se decidió por la azotea. Fue al ascensor, sabiendo ya que seguramente tendría que coger las escaleras. Exacto. Demasiada gente subiendo y bajando.

   Llegó a la azotea respirando de forma irregular, cansado de subir tantos pisos. Diez, para ser exactos. Se recostó contra el marco de la puerta y buscó con la mirada a su amigo. Lo encontró en una esquina, hecho una bola. Los brazos abrazando las piernas y la cabeza metida en el hueco que dejaban.
   Se acercó a él sin prisa, extendiendo lentamente su mano hacia él. Acarició suavemente su pelo mientras se sentaba a su lado. Jongdae no dio muestras de nada. Tal vez se hundió un poquito más en su escondite.
   -ChenChen~ -le llamó con voz cantarina y suave. Le gustaba llamarle de esa forma cariñosa. Como no obtuvo respuesta volvió a intentarlo. –ChenChen, ¿sabes qué compré ayer en la pastelería~?

   Silencio como respuesta. Otra vez. No se dio por vencido y volvió a intentarlo.

   -Compré unos pasteles. Tenían muy buena pinta se me antojaron. Pero, -continuó hablando a la par que acariciaba el cabello y la nuca del otro. –creo que compré demasiados y no puedo acabar con todos antes de que se estropeen… -infló sus mofletes en un puchero al decir esas palabras.

   Escuchó cómo el otro contenía una carcajada y se giró hacia él para redescubrir la sonrisa más bonita que conocía. Se sintió aliviado, no sabía qué habría hecho si su tontería con los dulces no funcionaba.

   -MinMin… -le encantaba llamarlo de esa forma y, aunque no fuera muy respetuoso, al mayor no parecía importarle. Le gustaban esas confianzas que se tomaban. –No deberías comer tantos o tu cara se volverá más redonda de lo que ya es.

   -Ya lo sé, ChenChen. –respondió intentando aguantarse la risa. -Por eso quiero que vengas hoy a mi apartamento y los comas conmigo, ¿me harías ese favor?

-¿Y por qué no se lo pides a tu compañero de piso? Yo diría que a Tao le gustan los dulces.

-Pues porque… -buscó rápidamente una respuesta rápida y creíble. –Porque con el entrenamiento de wushu y los ensayos de baile no quiere comerlos.

   ¿Funcionaría? Observó a su compañero mientras esperaba por la respuesta. Jongdae estaba mirando hacia el infinito. ¿Tal vez no aceptase?

   -Está bien. –aceptó con una sonrisa. –Vale, me apetecen cosas dulces. ¿Cuándo quieres que vaya?

   Minseok le regaló una de sus mejores sonrisas y le revolvió el pelo.

   -Iré a buscarte a tu apartamento, después de los ensayos. –así, pensó, tendría tiempo de ir a la pastelería y comprar esos dulces que no tenía.

13 de enero de 2013

Tengo frío...

   ¡Hola! Bueno, empecemos por el principio. Mi profesor de lengua siempre manda redacciones con frases que él dicta que son completamente ñoñas (os las marco en cursiva) por lo que decidí empezar a presentarle fanfics para que se me hiciera más ameno. Este está corregido ya y lo he mejorado con ayuda de mi Chris. Podéis criticar todo lo que queráis (de forma constructiva, por favor) y comentadlo libremente. :3
Pairing: Kaisoo.
Categoría: Romance. 

   En una habitación a oscuras en la que sólo entra la luz de la luna en la oscuridad de la noche, esperando los primeros rayos del amanecer, hay dos cuerpos en una cama deshecha. Están medio cubiertos por las sábanas y entrelazados por las piernas, mientras que los brazos del mayor rodean el cuerpo del pequeño.
   Jongin abraza a Kyungsoo escuchando su respiración a la vez nota el movimiento de su pecho. Un ruido procedente del exterior hace que el abrazado se revuelva en sueños y el otro lo acerca más a él. De forma automática, las manos de Kyungsoo se dirigen al cabello del otro y se enredan ahí, como lo han hecho en numerosas ocasiones: al dormir, en la ducha mientras hace pucheros para poder lavarle la espalda al alto, cuando Jongin se quedaba dormido a su lado y él se mantiene despierto y, cómo no, cuando hacen el amor
.
   Un suspiro profundo sale del pecho del moreno, rememorando la hermosa noche que ha pasado con su amado, así como la pelea del día anterior por culpa de la homofobia de su propia madre. Le costó muchísimo poder tranquilizarlo. Cuántas palabras y promesas le hizo. Promesas que él, por sí solo, no puede cumplir. Pero no puede darlo todo por perdido. No ahora, que lo ha preparado todo por su cumpleaños.
   A pesar de que Kyungsoo es un año mayor que él, parece mucho más joven. Son bastante diferentes entre sí. La piel oscura de Jongin destaca contra la clara del otro, incluso en la oscuridad.

   De repente, nota cómo, el que está dormido, se estremece de un escalofrío y se gira para comprobar la ventana. Por supuesto, está abierta
“Jongin… deberíamos abrir la ventana… Hace… Hace demasiado calor aquí…” había dicho Kyungsoo cuando lo mantenía entre sus brazos, bajo su cuerpo, acercándolo más hacia él. “Luego cogerás un resfriado, hyung” le había respondido él. Pero era completamente cierto, la temperatura del cuarto había subido notablemente junto a la de sus cuerpos. Y tener las sábanas enredadas entre ellos no ayudaba a que descendiese o que, al menos, no subiera. Así que ahí estaba la ventana, abierta en una notable rendija por la que se colaba el frío invernal.
Jongin desenredó las manos de mayor de su cabello, intentando no despertarle, aun así falló. “¿Jongin…? ¿Qué… haces? ¿Vas al baño…? No tardes mucho…, tengo frío si… no estás aquí…” murmuró, de forma adorable, Kyungsoo, más en el mundo de los sueños que en el terrenal.
“No, hyung… Voy a cerrar la ventana. ¿O quieres resfriarte para tu cumpleaños? Así no podré darte tu regalo…” le respondió él con una media sonrisa y un consecuente beso suave. Se apresuró en cerrar la ventana y prácticamente corrió de vuelta a la cama al sentir el frío recorriéndole desde sus pies.

   Cuando volvió a la cama, el que ya estaba dentro se pegó automáticamente a su destemplado cuerpo, en el que encajaba perfectamente. Jongin se abrazó a él otra vez y recorrió su espalda con las manos a la vez que volvía a enredar sus piernas con las otras. “¡Aaahh! ¡Estás congelado! No me toques con esos pies tan fríos…” se quejó Kyungsoo. “¡Pero si es culpa tuya, hyung! Por querer abrir la ventana entonces ahora el cuarto está congelado.” le recriminó el otro, acercándose más a él. “Hazte responsable… y dame calor ahora, hyung…” reclamó a su mayor. Éste le miró con los ojos entreabiertos y tomó una decisión al momento. “Espera un momento… Tengo la solución perfecta.” le dijo mientras extendía las sábanas y la colcha para cubrirlos con ellas y meterse los dos dentro, evitando así que el frío los invadiese. “Ahora no pasaremos frío... Así que no te alejes mucho.” dijo con una sonrisa triunfal en sus ojos y sus labios. El otro se apresuró a acercarse a él y a volver a su postura inicial, con las piernas entrelazadas y las manos del otro enredadas en su cabello. Así le gustaba estar con él en la cama, así le gustaba quedarse dormido.

   Una vez Kyungsoo volvió a caer dormido entre los brazos de Jongin, él le besó suavemente los labios, las mejillas, la frente y la preciosa curva del cuello que le volvía loco. Reafirmados sus sentimientos de nuevo, pensó que definitivamente tenía que pedirle que se casaran después de la tarta de cumpleaños.

11 de abril de 2012

En un segundo.

Imagina que has quedado con tu pareja. No le pongas nombre, ni género, ni edad. Has estado de vacaciones y quieres volver a verle. Coges el metro, el bus o el tren. El que mejor te venga. Ponle un viaje de unos 30 minutos a lo sumo. Vas escuchando música, y al llegar a tu parada se pone justo tu canción favorita. Normalmente la dejarías sonar hasta terminar, pero hoy te da igual. Hoy la pones para que sea la primera en reproducirse en tu camino de vuelta a casa. Te quitas los cascos y los enrollas concienzudamente para que no se líen, aunque sabes que será inútil. La cuestión es que ya has llegado a tu parada y buscas a tu enamorado. Lo ves y prácticamente sales corriendo hacía él. Tu sonrisa favorita está dibujada en su cara. Llegas donde está y le das un beso, un abrazo y todo lo que quieras darle.

Camináis cogidos de la mano hacia un parque cercano. El día está completamente soleado, un día normal de primavera o verano. Buscáis un sitio con sombra y os sentáis ahí. Pasa el tiempo mientras habláis de temas triviales a la vez que os ponéis al día de las cosas que no dan tiempo a contar por teléfono. Estáis constantemente en contacto físico, cogidos de la mano, tal vez con las piernas o los dedos enlazados, los hombros juntos… Te das cuenta de que no sonríe mucho y te preguntas qué le pasa. “Si considera que necesito saberlo me lo contará, a lo mejor no tiene nada que ver conmigo.” piensas para ti. Pero al final se lo preguntas. Él apoya su cabeza en tu hombro mientras mira al frente sin ver nada.

Entonces empieza a hablar de vosotros. De que tal vez fue demasiado rápido, que no pasasteis por la fase de amigos, que se dijo “te quiero” muy pronto. Temes lo que sigue pero sabes perfectamente lo que es. Quieres que se calle, que no siga hablando. Dice que no quiere hacerte daño, que eres la persona que más quiere en el mundo. Tú piensas “Si es así ¿por qué me estás haciendo esto? ¿No crees que esto me haga daño? ¿Por qué me dejas?”.
Sin embargo, no te dice eso. Te pide un tiempo y tú como persona y humano no dudas en aceptarlo. Podrías enfadarte y romper tú la relación pero sabes que al menos, en el concepto de “pedir un tiempo”, cabe la posibilidad de que vuelva a tu lado. Así que no te queda más que aceptarlo, con las lágrimas recorriendo tus mejillas, corriéndose el maquillaje. El cual te habías puesto especialmente para él, justo como te ha dicho siempre que estás preciosa. Te sientes como si fueses un niño chico llorando. Mientras, él sigue hablando. Te dice que no está rompiendo, que durante este período de tiempo seguís siendo amigos, que no durará mucho. Y te promete que volverá. “¿Entonces, si va a volver por qué se va?” es en lo que piensas. Sabes que es una estupidez lo que está haciendo.
Por el momento te toca tomar el control de tus emociones, ya llorarás más tarde. Te giras hacia él y le sonríes, pero sonreír te duele en el pecho. Lo último que te apetece es separarte de él, pero tampoco aguantas el contacto físico. Sueltas su mano, puede que te alejes un par de centímetros de él y hasta le das la espalda. Decides que es hora de irte, pero no quieres. Estáis los dos callados. Uno al lado del otro. Deseando tocaros, hablar… lo que sea menos esa tensión. En un segundo los minutos corren en silencio.

Al final, él mismo te acompaña a tu parada y te despide en la puerta del transporte. Sabes que es él el que te ha echado de su lado. Justo antes de subirte te susurra al oído que te echará de menos este tiempo. Eso es lo que te rompe. No le miras, no te despides. Subes y te vas. Tampoco miras por la ventana mientras él espera que lo hagas con una última mirada. Pero tú estás concentrada en desenrollar los cables de los auriculares. Sabías que era un esfuerzo inútil enrollarlos.

No quieres ir a casa así que te vas a Sol, al centro de la ciudad, siempre abarrotado de gente. Tus sentimientos no destacarán en un lugar tan atestado. Subes la calle hasta la Plaza de Callao con su luminosa pantalla de cine. Ahí giras hacia la izquierda y bajas Gran Vía. Nunca se te había hecho tan larga esa cuesta abajo. Caminas sin notar a la gente, te chocas con un par de personas y pides disculpas. Llegas a Plaza de España y todo lo que ves son parejas. Homosexuales, heterosexuales, grupos de parejas, amigos juntos… No es el mejor lugar para estar pero te sientes un poco sadomasoquista y buscas un banco apartado para observarlos a todos.  El que has encontrado está cruzando toda la plaza. Te dolerá un poco, pero vas. Sin mirar a la gente, mirando al suelo y la cabeza gacha. Tú pelo suelto cubre tu cara y con ello tus ojos lagrimosos. Paso a paso, llegas al banco y te sientas. Miras en derredor tuyo, observándolos a todos. Te preguntas si para ellos es difícil la relación, si dudan de ellos mismos como dudas tú de ti misma ahora. Tal vez hayan pasado ya por esto. Tal vez nunca pasen por esto. Recorres la plaza con tus ojos deteniéndote concienzudamente en las parejas. Ves como se sonríen entre ellos, con besos largos. Cómo ellos se agarran de la cintura o de las manos al caminar. Cómo pasan delante de ti sin preocuparse por los demás. Piensas que ya es suficiente. Coges tu reproductor de música dispuesta a elegir qué canción escuchar, pero aunque llevabas los auriculares puestos, éste estaba apagado. Al encenderlo suena tu canción favorita y entonces, mientras la escuchas, es cuando rompes a llorar.