Había estado todo el día pensándolo, dándole mil vueltas en su cabeza a aquella idea que lo atormentaba hacía semanas.
No lograba dormir, y el reloj de su mesilla hacía rato que había marcado el comienzo de la cuarta hora del día, sin embargo, y aunque le esperaba un duro día de exámenes, presentía que esa noche el sueño no lo acompañaría. El insomnio y el desvelo se apoderaban de él a cada segundo en el cual el amanecer se acercaba y sus pensamientos, sentimientos, se enredaban más.
Llegaron las cinco de la mañana y, a pesar de estar molido por el cansancio del día y el no dormir, la noche se le estaba haciendo eterna. Con todas sus fuerzas, aparte de otras cosas, deseaba que llegaran las siete y su despertador le diera la excusa perfecta para levantarse. Aunque algo le decía que sería mucho mejor quedarse en la cama todo el día.
Las seis, y ni un minuto había logrado mantener sus castaños ojos cerrados. Bostezó con desgano y apartó de un manotazo la manta que durante tosa la noche había estado refugiándolo, ya no servía de nada estar allí echado, necesitaba despejarse, aunque su intuición, que a pesar de no ser fiable esta vez no se equivocaba, le decía que nada le saldría bien en ese 17 de Diciembre de 2009, absolutamente nada, y eso empezaba a preocuparlo seriamente, por desgracia, eso incluía a sus últimos exámenes del trimestre, cuatro en total…
Agobiado se sentó en el borde de la cama y tras recapacitar unos instantes mirando el reloj, impasible sobre su mesilla, ajeno al sufrimiento del que lo miraba, se levantó con intención de ir a la cocina, abrir la ventana y dejar que el helador frío de la mañana lo helara hasta los huesos, tal vez así se despejara un poco.
Bufó molesto, no servía de nada, ya todo era inútil, por lo que le susurró en silencio a la fría brisa de la mañana, el motivo de su tormento.
No esperó a nade, ignoró a sus padres y hermano interrogándolo, ignoró hasta a sus perros tras el buscando al menos una caricia de despedida. Tan solo, después de vestirse, salió de su casa, mucho antes de lo habitual.
Recorrió, solo, el camino que solía trazar con sus amigos hasta llegar a la puerta del instituto, más de una hora y media antes de que abrieran. Tiró la mochila a un lado y se dejó caer al suelo, harto, harto de aguantar sin ni siquiera saber el qué, harto de callar, harto de que aquello surcara su mente día y noche. Tal vez, si lo gritara, consiguiera olvidarlo…
Al fin, tras aquellas largas horas, el conserje de pelo blanco abrió la verja. Apenas había gente frente al instituto, se notaba que faltaban veinte minutos para que dieran comienzo las clases, y sus compañeros no daban señales de ir a aparecer en poco. Aún más desganado que antes, si es que era posible, se incorporó y entró en el edificio.
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